Escuela de Teología, ¡y basta!

Escuela de TeologíaCuando hablo a alguien acerca de la Escuela de Teología, generalmente con entusiasmo indisimulado, a veces sucede que mi interlocutor concluye mis explicaciones con un: “¡Ah, sí, una Escuela de Teología para laicos!”. Como si con eso quiera dar por zanjadas mis explicaciones y sin saber, el muy incauto, que es ahí donde comienzan y van para largo.

Porque no existe una teología para laicos y otra para clérigos. Pueden existir y existen, en efecto, planes de estudios de diferentes calados y con diversos grados de carga académica en función de las posibilidades de dedicación de unas y otras personas. Pero no existe ni puede existir una teología para laicos y otra para clérigos, por la sencilla razón de que no existe una fe de los laicos y otra de los clérigos, ni tampoco una inteligencia de los laicos y otra de los clérigos.

Lo único que a este respecto existe es, por un lado, la llamada universal al seguimiento de Jesús y esa nuestra respuesta positiva que llamamos la fe. Y también, por otro lado, esta inteligencia viva e inquieta que a todos Dios nos ha regalado para hacernos imágenes de Él. Existen la fe y la razón. Y existe, en consecuencia, la teología como diálogo y búsqueda permanente de la armonía entre ambas. Por lo tanto, nada de “Escuela de Teología para laicos”. “Escuela de Teología”, y basta.

La Iglesia que somos anda involucrada, como no podía ser de otro modo, en un proyecto de evangelización. Estoy convencido de que no surtirá ningún efecto, en el mejor de los casos, si no se encuentra acompañada por una sana teología. Hemos de cuidar mucho la presentación de la fe porque, como alertaba Santo Tomás, hemos de cuidarnos mucho de hacerlo en forma tal que resulte motivo de irrisión para nuestros contemporáneos.

El hombre y la mujer modernos no soportan el dogmatismo –y hacen bien– de quienes sostienen posturas religiosas que son otros tantos atentados a la razón (recuerden: la razón que Dios nos ha regalado para hacernos semejantes a Él). Ellos no soportan el dogmatismo y tampoco nosotros deberíamos hacerlo porque –permítanme citar por segunda vez a Santo Tomás– “si resolvemos los problemas de la fe sólo por el camino de la autoridad, poseeremos ciertamente la verdad, pero en una cabeza vacía”. Eso es lo que respondió Tomás de Aquino durante un debate público celebrado en París en 1271 a uno de los participantes, aquel que estaba empecinado en rechazar todo razonamiento y en admitir como argumentos válidos sólo los de autoridad. Por lo tanto, evitemos las cabezas vacías, aunque sean creyentes (no por eso son menos peligrosas). O también: viva la inteligencia afanada en las cosas de la fe.

Dicho lo cual, no les ahorraré a ustedes el consejo que el pastor calvinista Friedrich Kohlbrügg daba a su discípulo Wichelhaus: “Que no se entere tu camisa de que te tienes por teólogo”. Porque si existe esa arrogancia religiosa que he llamado dogmatismo, no existe menos esa otra arrogancia, la de la inteligencia, que llamamos racionalismo. “Que no se entere tu camisa de que te tienes por teólogo”, eso significa: cuidado con la idolatría mental que consiste en rendir culto a los conceptos teológicos.

El consejo de Kohlbrügg no está nunca de más porque nunca faltan quienes estén a punto de confundir a Dios con su propio pensamiento acerca de Él. De nuevo Santo Tomás –tercera y última vez, prometido–, pero ahora acompañado por toda esa sana tradición de pensamiento cristiano llamado la teología negativa: de Dios sabemos más lo que no es que lo que es. Y ahora cambio de santo, pero no de tema. ¿Saben ustedes como llamaba San Buenaventura a esa teología arrogante que cree saberlo y entenderlo todo? La llamaba “pésimo milagro”; pésimo porque tiene por resultado, como él decía, que “el vino se transforma en agua”. Sólo tengo una objeción: los milagros son siempre una bendición y, por lo tanto, no existen los milagros malos. Celebro el ingenioso juego de palabras de San Buenaventura y admito la convicción que en él expresa, pero a esa teología arrogante yo la habría llamado, menos finamente, una desgracia, que es, obviamente, lo contrario de una gracia.

La fe busca inteligencia (eso es la teología) y la evangelización necesita de ella. Pero la finalidad última de la evangelización y de la teología que ella necesita no es esclavizar las neuronas con conceptos teológicos, sino ofrecer a las personas la posibilidad de entrar en contacto con Dios, manifestado en Jesucristo. Eso es lo que vale, a fin de cuentas. Y todo lo demás, incluyendo la mismísima Iglesia, pertenece al orden de los medios.

Voy terminando. Queridos Diógenes, Cecilio, Billy y Benedicto: con gran satisfacción y alegría voy a hacerles entrega de sus respectivos Diplomas de la Escuela de Teología “Fray Vicente Rubio”. Ya saben: no para que se tengan por teólogos, sino como recordatorio de su compromiso personal con una comprensión razonable de la fe y con la evangelización en que consiste la finalidad de la Iglesia que somos. Vaya para ustedes mi reconocimiento y mi aplauso.

(Francisco Javier Martínez Real, con ocasión de la entrega de Diplomas de la Escuela de Teología “Fray Vicente Rubio”, 17 de Diciembre de 2012).

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