Jueves santo: historia de un tesoro (I)

Jueves santo, historia de un tesoro (I)«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». En la vida –lo sabemos por experiencia– hay momentos livianos, superficiales, monótonos…, momentos en los que nada nos sobresalta porque todo parece seguir su curso ordinario. Son la mayoría. Pero en la vida también suceden otros tiempos densos, profundos, extraordinarios; momentos en los que los acontecimientos se precipitan, todo parece agolparse y la vida adquiere un significado intenso y radical.

En aquella última cena compartida con sus amigos y discípulos, Jesús –¿qué duda cabe? – debió vivir uno de estos segundos momentos. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo –dice el evangelista Juan–  los amó hasta el extremo».

Es la noche del día 14 del primer mes del año, noche de Pascua y, al igual que todas las familias judías, Jesús se reúne con sus discípulos para hacer memoria agradecida de la liberación: recordar y celebrar que Dios condujo a su pueblo desde Egipto –tierra de la opresión– hasta Canaán –tierra de la libertad– . Noche de libertad, noche de gratitud. Noche de emoción para todos.

También lo es para Jesús, pero en su caso se añade una segunda razón y de tipo muy personal. Y es que sabe que ha llegado su hora. Sabe que los poderosos no han desistido de sus asechanzas, calumnias, persecuciones, amenazas… hasta el punto de que esta vez han puesto precio a su cabeza. Jesús sabe, como él mismo ha dicho en alguna ocasión, que «el Reino de Dios sufre violencia». Sabe que se acerca la hora del asesinato. Sabe que esa cena de Pascua es, para él, la última cena. Los acontecimientos se precipitan y la vida adquiere un significado intenso y radical: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Habiendo amado a los suyos…

Así es, creo yo, como deberíamos entender la última etapa –pasión y muerte– de la vida histórica de Jesús: como la culminación de su vida, de su trayectoria, de su opción fundamental, de su «tesoro». Y es que todos tenemos en la vida un tesoro: es eso que, cuando nos duele, no nos deja dormir o que, cuando nos alegra, nos despierta inundados de buen ánimo. Todos nos aferramos a algo que consideramos valioso por encima de todo lo demás. También Jesús tenía su tesoro, que él llamaba el Reino de Dios: una humanidad de hermanos y hermanas que tiene a Dios por Padre común. Ese era el tesoro de Jesús; «tesoro» porque valía, para él, mucho más que cualquier otra cosa, incluida su propia vida.

Por eso, cuando se acerca su hora, cuando las asechanzas de los poderosos –enemigos, como siempre, de la fraternidad– acaban por poner precio a su cabeza…, cuando se acerca su hora no es momento de achicarse o desdecirse, sino de crecerse y reafirmarse. «Las prostitutas les precederán en el Reino de los cielos». «El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado». «Bienvaventurados los pobres». No es momento para negar o traicionar, sino para encarar la amenaza con determinación y dignidad. No es momento para querer guardar la propia vida, sino para entregarla. Recuerden la parábola: hay que saber deshacerse de todo para poder adquirir el tesoro.

Hace falta mucho amor o mucho servicio –es lo mismo– para estar dispuesto a llegar hasta el final. Hace falta todo el amor a Dios y a la humanidad o toda la capacidad de servicio que sólo encontramos en Jesús. Desde el principio y hasta el final, su vida ha sido amor: pan y vino que se dan. Desde el principio y hasta el final, su vida ha sido servicio: lavatorio de los pies. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Así es el Jesús al que adoramos. Aceptarle como Señor es tanto como hacer nuestro su tesoro. Compartir su vino y pan o dejar que lave nuestros pies él es tanto como estar dispuestos a vivir la vida con su mismo amor o servicio. Ojalá que la celebración de la última cena nos confirme en ese compromiso con Jesús y con su tesoro: con su Dios Padre y con sus hermanos, con nuestro Dios Padre y con nuestros hermanos.

(Pedro de Castro)

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