Viernes santo: historia de un tesoro (II)

Viernes santo, historia de un tesoro (II)Ya lo decíamos a propósito de la celebración de la última cena: la muerte de Jesús no fue ni natural ni casual, sino el resultado de la voluntad de los poderosos. La muerte de Jesús no fue cualquier tipo de muerte, sino una ejecución… amañada, un asesinato.

Solemos referirnos a la pasión y muerte de Jesús en estos términos: prendimiento, flagelación, coronación de espinas, crucifixión. Y bien está, pero quizás sería mejor que habláramos de búsqueda, captura, interrogatorio, tortura, juicio trucado y ejecución… porque estos términos, por ser los habituales, podrían ayudarnos a percibir mejor los últimos sucesos de la vida de Jesús en toda su crudeza histórica.

A Jesús, en efecto, lo asesinaron. Y es que en una sociedad profundamente marcada por jerarquías, divisiones, exclusiones, pobrezas…, en una sociedad así el Reino de Dios anunciado y promovido por Jesús chocó de frente con los intereses de los poderosos. No sólo lo tenían todo, sino que querían, además, tener bien amarradito al mismísimo Dios con la intención de que siguiera bendiciendo sus privilegios. Es ese amarre el que Jesús les negó y por eso llegó a representar para ellos amenaza. Tenían que quitarlo de en medio. Y lo quitaron, asesinándolo.

A Jesús, en efecto, le quitaron la vida. Eso es verdad, pero no lo es menos que fue él quien la dio. Quiso ser fiel al Reino de Dios, que era –¿recuerdan– su tesoro. Jesús decidió ser fiel y asumió libremente las consecuencias que pudieran derivarse de esa opción. Por eso podemos y debemos decir que la cruz de Jesús fue todo un acto de libertad.

Un acto de libertad y también un acto de amor porque, como él mismo dijo en alguna ocasión, «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Y eso es lo que salva. No nos engañemos: no es el sufrimiento la fuente de la salvación. Sólo salva el amor, que –eso sí– en ocasiones, cada vez que es necesario, saber adquirir la forma de una cruz.

Un acto de libertad, un acto de amor y –permítanme añadir– la cruz de Jesús es también un acto de confianza en Dios. A veces damos en pensar que las célebres palabras «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» son expresión de una desesperación. No es cierto: cuando el evangelista pone esas palabras en boca de Jesús está evocando todo el contenido del salmo 22, que ciertamente comienza de ese modo, pero que también contiene expresiones como éstas:

«En ti, oh Dios, esperaron nuestros padres y tú los liberaste… en ti esperaron y nunca quedaron confundidos… Desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios, no andes lejos de mí, que la angustia me cerca… Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré… porque… has escuchado al que te invocaba… Los pobres comerán y quedarán hartos, los que buscan a Yahveh le alabarán».

Eso dice el salmo 22. Es verdad que comienza de forma desgarrada y desgarradora («¿por qué me has abandonado?»), pero también lo es que, poco a poco, va abriéndose a la confianza en Dios. Creo que Jesús sabía, a pesar de todos los pesares –ciertamente muy graves–, que su vida quedaba donde siempre había estado: en manos de Dios. «A tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu». ¿Acaso no había dicho siempre que Dios es el Padre bueno que atiende con cariño a los pequeños y abandonados?

Hoy adoraremos con un beso la cruz de Jesús, que es tanto como decir su libertad, su amor, su confianza en Dios. Hacerlo con los labios es fácil. De corazón es más difícil, pero verdadero. Hagámoslo de todo corazón.

(Pedro de Castro)

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