Vigilia pascual: historia de un tesoro (III)

Vigilia pascual, historia de un tesoro (III)Esta es la noche del «ya», una palabra pequeñita, de sólo dos letras, pero fuerte, muy fuerte: todo un adverbio. Nunca estaré suficientemente agradecido a aquella profe que me hizo repetir hasta la saciedad lo que entonces acabé por aprender de memoria: el adverbio modifica la significación del verbo, del adjetivo o de otro adverbio. «Ya» es adverbio que expresa novedad, cambio, modificación… Una palabra valiente que sabe ponerse en pie, sabe mirar hacia el pasado y hacia el futuro y sabe declarar que, en adelante, nada volverá a ser igual.

Esta es la noche del «ya» porque en ella celebramos la resurrección de Jesús: de ahí en adelante, nada vuelve a ser igual. En esta noche sabemos y celebramos que el tesoro de Jesús (la humanidad de hermanos y hermanas, el Reino de Dios) cuenta con la garantía del mismísimo Dios.

Recuerden la principal razón alegada para exigir la muerte de Jesús: blasfemia. Jesús fue ejecutado por –dizque– haber presentado una imagen de Dios distorsionada, manipulada, falsa. Jesús fue condenado por la autoridad religiosa: en nombre de Dios, claro, pero del Dios de la religión oficial, el de los escribas y saduceos, el amarradito por los poderosos, que decíamos ayer.

En la condena de Jesús quisieron reprobar definitivamente su libertad para sentarse a las mesas de los pecadores, su apertura a los extranjeros, su preferencia por los pequeños, su crítica del templo, su oposición a tantas leyes inhumanas, su relación íntima con un Dios Padre de todos. En la condena de Jesús quisieron enterrar su tesoro, el Reino de Dios, la humanidad de hermanos y hermanas.

Su resurrección, por supuesto, significa todo lo contrario. Que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos significa, entre otras cosas, ésta: que es a Jesús, y no a sus verdugos, a quien Dios ha dado la razón. La resurrección es el «sí» dado por Dios a Jesús. Es la expresión de la verdad de su mensaje. Jesús no era ningún blasfemo, sino todo lo contrario: su palabra, palabra de Dios; su acción, acción de Dios. La resurrección es la acreditación de que su palabra y su acción, su Reino de Dios, su tesoro, su proyecto de fraternidad, cuentan con el respaldo del mismísimo Dios.

Así es: el futuro de la fraternidad cuenta con el aval del mismísimo Dios. Por eso podemos y debemos decir que, en adelante, nada volverá a ser igual. El Reino de Dios se encuentra «ya» entre nosotros, quizás todavía pequeñito, pero con toda la fuerza de un grano de mostaza, creciendo y desarrollando pacientemente todo su potencial.

Es verdad que los calumniadores ganarán aún muchas batallas, pero acabarán por triunfar los veraces. Es verdad que los violentos cosecharán aún  muchos éxitos, pero acabarán por prevalecer los pacíficos. Es verdad que los vengadores se apuntarán aún muchos tantos, pero acabarán por despuntar los compasivos. Es verdad que el egoísmo aún nos hará pasar por muchas noches oscuras, pero acabará por brillar la fraternidad. Por una razón muy sencilla, pero muy profunda: porque cuenta con el compromiso del mismísimo Dios. Así lo sabemos y celebramos en esta hermosa noche pascual.

Dios y sólo Dios tiene la última palabra, y la suya es siempre palabra de verdad, de paz, de compasión, de fraternidad. Dios y sólo Dios tiene la última palabra.

Por eso mismo, cristianos, hermanos: felicidades. La victoria de Jesús es ya nuestra victoria. Él es desde ahora lo que todos estamos llamados a ser y –podemos decir en la esperanza– un día habremos ser: plenitud de vida, existencia en comunión con Dios Padre y con nuestros hermanos. Cristianos, hermanos, de todo corazón, felicidades.

(Pedro de Castro)

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