En la mañana del domingo: historia de un tesoro (IV)

En la mañana del domingoEstamos en Pascua, fiesta grande de los discípulos de Jesús. Si es verdad –y lo es– que todo ha ocurrido para nosotros, de modo que, creyendo en Él, tengamos vida, no está de más echar una mirada a la resurrección desde el punto de vista del discípulo. Me atrevo, por ello, a intentar una recreación de la vivencia pascual que pudieron tener los primeros discípulos tratando de meterme en la piel de una de aquellas mujeres fuertes que supieron estar al pie de la cruz. ¿Una osadía? Probablemente sí.

Pero existe una segunda razón que me permite tomarme tal licencia. Y es que estamos en Pascua, precisamente en Pascua, la fiesta de la transgresión: el mismísimo Dios violando la vieja ley levítica que prohíbe tocar a un muerto. ¿Transgresión? Me hago cargo de que ya no se lleva decir estas cosas –¡suena a mayo del 68!–, pero asumo gustosamente el riesgo de pasar por un trasnochado.

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Algunos de mis hermanos de comunidad insisten en que nuestros primeros encuentros con Jesús no pasaron de ser enormes casualidades. Yo estoy más bien convencida de que él –muy sabio– fue haciéndose el encontradizo, entablando relaciones con unos y con otros y eligiendo cuidadosamente a los suyos, pero en fin… mucho me temo que nunca conseguiremos ponernos de acuerdo sobre este asunto.

De lo que no cabe ninguna duda es de que no tuvo que pasar mucho tiempo antes de que todos nos dejáramos conquistar por Jesús: por su personalidad y por su utopía. Bueno, en realidad tampoco eran dos cosas tan distintas, porque hasta sus más recónditos sentimientos y pensamientos –aquellos que nos contaba en las pocas ocasiones en que conseguíamos quedarnos a solas– tenían que ver con lo que él llamaba el Reinado de Dios (¡su tesoro!). Jesús solía contarnos esa utopía en forma de parábolas, pero Santiago la ha resumido del siguiente modo: un proyecto de fraternidad entre todas las persona humanas, porque a fin de cuentas todos somos hijos de un único Padre, el mismísimo Dios. Sí, yo también creo que es un buen resumen. Lo cierto es que, de la mano de Jesús, fuimos aprendiendo a llamar a Dios “Padre” y también a caer en la cuenta del especial cuidado y cariño que necesitan los más vapuleados por la vida.

Jesús aseguraba que el Reinado de Dios, aunque todavía pequeño, ya estaba en marcha y que nada podría detenerlo. Nosotros creímos de todo corazón esa buena noticia y ofrecimos nuestra colaboración para el crecimiento de aquella especie de grano de mostaza, como él lo llamó, ridículo de tamaño, desde luego, pero rebosante de vida.

Digo que ofrecimos nuestra colaboración, pero quede claro que ninguno de nosotros éramos lo que se dice una joya, y, de hecho, había cosas que a todos nos costaba ir aceptando. Me gustaría no tener que reconocerlo, pero al pan, pan: a pesar de habernos embarcado en la aventura de Jesús, sobre nosotros seguían pesando los viejos reflejos. Me asalta la memoria, por ejemplo, aquella ocasión en que todos nos enzarzamos en una agria discusión sobre nuestros respectivos poderes y privilegios dentro del grupo Ahora me hace gracia recordar aquel día, pero lo cierto es que entonces viví ese episodio como un auténtico fracaso colectivo. Y eso, ni más ni menos, es lo que era: no acabábamos de asumir que en el proyecto de Jesús no habría dividendos. ¡Bendita paciencia la de Jesús! Gracias a ella fuimos empapándonos de su verdad e ir intuyendo paso a paso nuevos horizontes en su forma de ser y de vivir. Llegamos incluso a convencernos de que Jesús no era un hombre cualquiera, sino un gran profeta, un enviado de Dios. En fin, que, a pesar de nuestros pesares, que no eran pocos, en aquella primera época todo parecía ir viento en popa. La fama de Jesús se extendía y cada día recibíamos en el grupo caras nuevas y rebosantes de entusiasmo.

Sí, la fama de Jesús se fue extendiendo a toda velocidad, pero no todo eran ventajas. Enseguida tuvimos ocasión de comprobar que, a medida que su mensaje iba siendo conocido, se despertaban todo tipo de recelos y de hostilidades entre los poderosos, sobre todo entre las autoridades religiosas de nuestro propio pueblo. Y esto nos desconcertaba por completo porque aquellos hombres eran ni más ni menos que los representantes oficiales de Dios o –mejor dicho– así es como los veíamos nosotros en aquel entonces. No podía ser verdad, pero lo era: estábamos asistiendo a una especie de guerra: el Dios de la ley contra el Dios-Padre, el Dios del templo contra el Dios de la vida, del Dios oficial contra el Dios de Jesús. Lo de guerra puede parecer exagerado, pero, de hecho, el conflicto en que Jesús se vio envuelto fue pasando a mayores: primero fueron simples intentos de ridiculización de Jesús; más adelante calumnias (le llamaron borracho, loco, endemoniado); luego llegaron los planes de captura, que siempre fallaron, excepto –claro– la última vez, aquella que condujo al juicio, a la condena, a la tortura y a la ejecución.

¡Una ejecución! Hemos tenido que ver a Jesús colgado de una cruz; ejecutado por hereje, por heterodoxo, por mentiroso… por blasfemo según decía la sentencia con que el Sanedrín le acusó de haber manipulado y adulterado completamente la verdadera imagen de Dios. Nuestro desconsuelo era total y nuestra tristeza infinita. Todo sucedió deprisa y apenas tuvimos tiempo de hablar las cosas entre nosotros. Además, el miedo nos tenía agarrotados y prácticamente todos decidimos escondernos y dispersarnos; por no dejar abandonar a María, la madre de Jesús, sólo su hermana, Juan y yo, haciendo de tripas corazón, nos atrevimos a llegar hasta el final. No fue posible pararse a pensar las cosas entre todos y no seré yo quien me aventure a dar una palabra definitiva sobre los demás, pero tengo la impresión de que fuimos muchos los que entendimos que aquello era el desenlace de un fracaso estrepitoso.

En la cruz yo vi –he de reconocerlo– el triunfo del Dios oficial sobre el Dios de Jesús. ¿Cómo podríamos haber desconfiado de la sentencia de aquel tribunal de hombres sabios y religiosos, cuya voz era acatada por todo el mundo como la voz de Dios? Se diría que nuestras tradiciones, nuestras leyes, nuestras instituciones, nuestras autoridades… estaban demostrando el gran fraude cometido por Jesús. Parecía quedar sentado y bien sentado que la utopía de Jesús nada tenía que ver con el Reino de Dios, sino con la imaginación calenturienta de un soñador descarriado. Recuerdo el horrible estremecimiento que me produjeron los gritos de aquel hombre que se encontraba también al pie de la cruz,  justo detrás de nosotros: “¿Dónde está tu Dios ahora? ¡Que venga a salvarte si tanto te quiere!”. Y el Dios de Jesús no vino. ¡Qué espantoso silencio! Allí quedaban, pendiendo en un madero, los jirones de una farsa.

Todo había sido un espejismo, un sueño… un dulce sueño, es verdad, pero un sueño al fin. Y había llegado el momento de despertar y de seguir mirando de frente la realidad… la de nuestras tradiciones, nuestras leyes, nuestras instituciones y nuestras autoridades… la única y verdadera realidad; la realidad a secas.

Pero en esta hermosa mañana de Pascua la realidad parece haberse vuelto loca. En cierto sentido, todo ha cambiado. Sabemos que Jesús vive… así de sencillo y así de espléndido. Casi no tenemos palabras para decirlo, apenas somos capaces de balbucear el misterio, pero sabemos que Dios ha resucitado a Jesús. Sabemos que, a pesar de todas las apariencias, era Jesús quien estaba en lo cierto: no hay más Dios que el de la misericordia, el que vela sobre el débil, el enamorado de la vida. No hay más Dios que el Padre nuestro, el que a todos nos hace hermanos. ¡Y eso nos llena de alegría! ¡También nosotros tenemos ahora un verdadero tesoro!

Es verdad que este mundo sigue siendo, por muchas y conocidas razones, un lugar feo, frío y triste. Pero no es menos cierto que la resurrección de Jesús descubre un mundo inédito, crea posibilidades vírgenes, estrena horizontes desconocidos. La resurrección de Jesús hace posible que se den la mano realidades que parecían destinadas a no encontrarse nunca: dolor y sonrisa, enemigo y abrazo, persecución y bienaventuranza, ofensa y perdón, morir… para vivir.

Se equivocan los que piensan que la tortura puede amedrentar al hombre libre: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que recurren a la calumnia para silenciar al hombre veraz: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que abusan del poder para poner cerco al hombre fraterno: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que confían en la violencia para sepultar al hombre justo: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que pretenden poner término a nuestra historia personal y colectiva en la noche oscura de un viernes: desde la luminosa mañana de pascua Dios nos llama en Jesús resucitado.

Se atreveré a decir algo más, y es que, en esta hermosa mañana, hemos aprendido incluso a amar la cruz. Ahora sabemos que ella no significa el triunfo de ningún diosecillo, sino la solidaridad del Dios de Jesús con todos los abatidos. Sabemos que la gloria de Dios ya no brilla en las medallas de los poderosos, sino en la ternura de los débiles. Sabemos que los diamantes son estériles, mientras que el estiércol puede alimentar la vida.

En algo tienen razón los aguafiestas, y es que la resurrección de Jesús no nos saca de repente de este lugar feo, frío y triste en que ahora vivimos…, pero nos permite acariciar una esperanza para seguir caminando. Porque Dios es, para siempre, el Padre obstinadamente creativo capaz de transformar una tragedia en una victoria para sus hijos.

(Pedro de Castro)

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