Mensaje del Concilio Vaticano II a los pobres, a los enfermos, a todos los que sufren

Mensaje del Concilio Vaticano II a los pobresPara todos vosotros, hermanos que sufrís, visitados por el dolor en sus mil modos, el Concilio tiene un mensaje muy especial. Siente fijos sobre él vuestros ojos implorantes, brillantes por la fiebre o abatidos por la fatiga, miradas interrogantes que buscan en vano el porqué del sufrimiento humano y que preguntan ansiosamente cuándo y de dónde vendrá el consuelo.

Hermanos muy queridos, sentimos profundamente resonar en nuestros corazones de padres y pastores vuestros gemidos y lamentos. Y nuestra pena aumenta al pensar que no está en nuestro poder el concederos la salud corporal, ni tampoco la disminución de vuestros dolores físicos, que médicos, enfermeros y todos los que se consagran a los enfermos se esfuerzan en aliviar lo más posible.

Pero tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofreceros, la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de daros un alivio sin engaño: la fe y la unión al Varón de dolores, a Cristo, Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y nuestra salvación.

Cristo no suprimió el sufrimiento y tampoco ha querido desvelarnos enteramente su misterio: El lo tomó sobre sí, y eso es bastante para que nosotros comprendamos todo su valor.

¡Oh vosotros que sentís más pesadamente el peso de la cruz! Vosotros que sois pobres y desamparados, los que lloráis, los que estáis perseguidos por la justicia, vosotros sobre los que se calla, vosotros los desconocidos del dolor, tened ánimo; sois los preferidos del reino de Dios, el reino de la esperanza, de la bondad y de la vida; vosotros sois los hermanos de Cristo paciente, y con El, si queréis, salváis al mundo.

He aquí la ciencia cristiana del dolor, la única que da la paz. Sabed que vosotros no estáis solos, ni separados, ni abandonados, ni inútiles; sois los llamados por Cristo, su viva y transparente imagen. En su nombre, el Concilio os saluda con amor, os da las gracias, os asegura la amistad y la asistencia de la Iglesia y os bendice.

8 de diciembre de 1965

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En la mañana del domingo: historia de un tesoro (IV)

En la mañana del domingoEstamos en Pascua, fiesta grande de los discípulos de Jesús. Si es verdad –y lo es– que todo ha ocurrido para nosotros, de modo que, creyendo en Él, tengamos vida, no está de más echar una mirada a la resurrección desde el punto de vista del discípulo. Me atrevo, por ello, a intentar una recreación de la vivencia pascual que pudieron tener los primeros discípulos tratando de meterme en la piel de una de aquellas mujeres fuertes que supieron estar al pie de la cruz. ¿Una osadía? Probablemente sí.

Pero existe una segunda razón que me permite tomarme tal licencia. Y es que estamos en Pascua, precisamente en Pascua, la fiesta de la transgresión: el mismísimo Dios violando la vieja ley levítica que prohíbe tocar a un muerto. ¿Transgresión? Me hago cargo de que ya no se lleva decir estas cosas –¡suena a mayo del 68!–, pero asumo gustosamente el riesgo de pasar por un trasnochado.

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Algunos de mis hermanos de comunidad insisten en que nuestros primeros encuentros con Jesús no pasaron de ser enormes casualidades. Yo estoy más bien convencida de que él –muy sabio– fue haciéndose el encontradizo, entablando relaciones con unos y con otros y eligiendo cuidadosamente a los suyos, pero en fin… mucho me temo que nunca conseguiremos ponernos de acuerdo sobre este asunto.

De lo que no cabe ninguna duda es de que no tuvo que pasar mucho tiempo antes de que todos nos dejáramos conquistar por Jesús: por su personalidad y por su utopía. Bueno, en realidad tampoco eran dos cosas tan distintas, porque hasta sus más recónditos sentimientos y pensamientos –aquellos que nos contaba en las pocas ocasiones en que conseguíamos quedarnos a solas– tenían que ver con lo que él llamaba el Reinado de Dios (¡su tesoro!). Jesús solía contarnos esa utopía en forma de parábolas, pero Santiago la ha resumido del siguiente modo: un proyecto de fraternidad entre todas las persona humanas, porque a fin de cuentas todos somos hijos de un único Padre, el mismísimo Dios. Sí, yo también creo que es un buen resumen. Lo cierto es que, de la mano de Jesús, fuimos aprendiendo a llamar a Dios “Padre” y también a caer en la cuenta del especial cuidado y cariño que necesitan los más vapuleados por la vida.

Jesús aseguraba que el Reinado de Dios, aunque todavía pequeño, ya estaba en marcha y que nada podría detenerlo. Nosotros creímos de todo corazón esa buena noticia y ofrecimos nuestra colaboración para el crecimiento de aquella especie de grano de mostaza, como él lo llamó, ridículo de tamaño, desde luego, pero rebosante de vida.

Digo que ofrecimos nuestra colaboración, pero quede claro que ninguno de nosotros éramos lo que se dice una joya, y, de hecho, había cosas que a todos nos costaba ir aceptando. Me gustaría no tener que reconocerlo, pero al pan, pan: a pesar de habernos embarcado en la aventura de Jesús, sobre nosotros seguían pesando los viejos reflejos. Me asalta la memoria, por ejemplo, aquella ocasión en que todos nos enzarzamos en una agria discusión sobre nuestros respectivos poderes y privilegios dentro del grupo Ahora me hace gracia recordar aquel día, pero lo cierto es que entonces viví ese episodio como un auténtico fracaso colectivo. Y eso, ni más ni menos, es lo que era: no acabábamos de asumir que en el proyecto de Jesús no habría dividendos. ¡Bendita paciencia la de Jesús! Gracias a ella fuimos empapándonos de su verdad e ir intuyendo paso a paso nuevos horizontes en su forma de ser y de vivir. Llegamos incluso a convencernos de que Jesús no era un hombre cualquiera, sino un gran profeta, un enviado de Dios. En fin, que, a pesar de nuestros pesares, que no eran pocos, en aquella primera época todo parecía ir viento en popa. La fama de Jesús se extendía y cada día recibíamos en el grupo caras nuevas y rebosantes de entusiasmo.

Sí, la fama de Jesús se fue extendiendo a toda velocidad, pero no todo eran ventajas. Enseguida tuvimos ocasión de comprobar que, a medida que su mensaje iba siendo conocido, se despertaban todo tipo de recelos y de hostilidades entre los poderosos, sobre todo entre las autoridades religiosas de nuestro propio pueblo. Y esto nos desconcertaba por completo porque aquellos hombres eran ni más ni menos que los representantes oficiales de Dios o –mejor dicho– así es como los veíamos nosotros en aquel entonces. No podía ser verdad, pero lo era: estábamos asistiendo a una especie de guerra: el Dios de la ley contra el Dios-Padre, el Dios del templo contra el Dios de la vida, del Dios oficial contra el Dios de Jesús. Lo de guerra puede parecer exagerado, pero, de hecho, el conflicto en que Jesús se vio envuelto fue pasando a mayores: primero fueron simples intentos de ridiculización de Jesús; más adelante calumnias (le llamaron borracho, loco, endemoniado); luego llegaron los planes de captura, que siempre fallaron, excepto –claro– la última vez, aquella que condujo al juicio, a la condena, a la tortura y a la ejecución.

¡Una ejecución! Hemos tenido que ver a Jesús colgado de una cruz; ejecutado por hereje, por heterodoxo, por mentiroso… por blasfemo según decía la sentencia con que el Sanedrín le acusó de haber manipulado y adulterado completamente la verdadera imagen de Dios. Nuestro desconsuelo era total y nuestra tristeza infinita. Todo sucedió deprisa y apenas tuvimos tiempo de hablar las cosas entre nosotros. Además, el miedo nos tenía agarrotados y prácticamente todos decidimos escondernos y dispersarnos; por no dejar abandonar a María, la madre de Jesús, sólo su hermana, Juan y yo, haciendo de tripas corazón, nos atrevimos a llegar hasta el final. No fue posible pararse a pensar las cosas entre todos y no seré yo quien me aventure a dar una palabra definitiva sobre los demás, pero tengo la impresión de que fuimos muchos los que entendimos que aquello era el desenlace de un fracaso estrepitoso.

En la cruz yo vi –he de reconocerlo– el triunfo del Dios oficial sobre el Dios de Jesús. ¿Cómo podríamos haber desconfiado de la sentencia de aquel tribunal de hombres sabios y religiosos, cuya voz era acatada por todo el mundo como la voz de Dios? Se diría que nuestras tradiciones, nuestras leyes, nuestras instituciones, nuestras autoridades… estaban demostrando el gran fraude cometido por Jesús. Parecía quedar sentado y bien sentado que la utopía de Jesús nada tenía que ver con el Reino de Dios, sino con la imaginación calenturienta de un soñador descarriado. Recuerdo el horrible estremecimiento que me produjeron los gritos de aquel hombre que se encontraba también al pie de la cruz,  justo detrás de nosotros: “¿Dónde está tu Dios ahora? ¡Que venga a salvarte si tanto te quiere!”. Y el Dios de Jesús no vino. ¡Qué espantoso silencio! Allí quedaban, pendiendo en un madero, los jirones de una farsa.

Todo había sido un espejismo, un sueño… un dulce sueño, es verdad, pero un sueño al fin. Y había llegado el momento de despertar y de seguir mirando de frente la realidad… la de nuestras tradiciones, nuestras leyes, nuestras instituciones y nuestras autoridades… la única y verdadera realidad; la realidad a secas.

Pero en esta hermosa mañana de Pascua la realidad parece haberse vuelto loca. En cierto sentido, todo ha cambiado. Sabemos que Jesús vive… así de sencillo y así de espléndido. Casi no tenemos palabras para decirlo, apenas somos capaces de balbucear el misterio, pero sabemos que Dios ha resucitado a Jesús. Sabemos que, a pesar de todas las apariencias, era Jesús quien estaba en lo cierto: no hay más Dios que el de la misericordia, el que vela sobre el débil, el enamorado de la vida. No hay más Dios que el Padre nuestro, el que a todos nos hace hermanos. ¡Y eso nos llena de alegría! ¡También nosotros tenemos ahora un verdadero tesoro!

Es verdad que este mundo sigue siendo, por muchas y conocidas razones, un lugar feo, frío y triste. Pero no es menos cierto que la resurrección de Jesús descubre un mundo inédito, crea posibilidades vírgenes, estrena horizontes desconocidos. La resurrección de Jesús hace posible que se den la mano realidades que parecían destinadas a no encontrarse nunca: dolor y sonrisa, enemigo y abrazo, persecución y bienaventuranza, ofensa y perdón, morir… para vivir.

Se equivocan los que piensan que la tortura puede amedrentar al hombre libre: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que recurren a la calumnia para silenciar al hombre veraz: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que abusan del poder para poner cerco al hombre fraterno: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que confían en la violencia para sepultar al hombre justo: Jesús ha resucitado. Se equivocan los que pretenden poner término a nuestra historia personal y colectiva en la noche oscura de un viernes: desde la luminosa mañana de pascua Dios nos llama en Jesús resucitado.

Se atreveré a decir algo más, y es que, en esta hermosa mañana, hemos aprendido incluso a amar la cruz. Ahora sabemos que ella no significa el triunfo de ningún diosecillo, sino la solidaridad del Dios de Jesús con todos los abatidos. Sabemos que la gloria de Dios ya no brilla en las medallas de los poderosos, sino en la ternura de los débiles. Sabemos que los diamantes son estériles, mientras que el estiércol puede alimentar la vida.

En algo tienen razón los aguafiestas, y es que la resurrección de Jesús no nos saca de repente de este lugar feo, frío y triste en que ahora vivimos…, pero nos permite acariciar una esperanza para seguir caminando. Porque Dios es, para siempre, el Padre obstinadamente creativo capaz de transformar una tragedia en una victoria para sus hijos.

(Pedro de Castro)

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Vigilia pascual: historia de un tesoro (III)

Vigilia pascual, historia de un tesoro (III)Esta es la noche del «ya», una palabra pequeñita, de sólo dos letras, pero fuerte, muy fuerte: todo un adverbio. Nunca estaré suficientemente agradecido a aquella profe que me hizo repetir hasta la saciedad lo que entonces acabé por aprender de memoria: el adverbio modifica la significación del verbo, del adjetivo o de otro adverbio. «Ya» es adverbio que expresa novedad, cambio, modificación… Una palabra valiente que sabe ponerse en pie, sabe mirar hacia el pasado y hacia el futuro y sabe declarar que, en adelante, nada volverá a ser igual.

Esta es la noche del «ya» porque en ella celebramos la resurrección de Jesús: de ahí en adelante, nada vuelve a ser igual. En esta noche sabemos y celebramos que el tesoro de Jesús (la humanidad de hermanos y hermanas, el Reino de Dios) cuenta con la garantía del mismísimo Dios.

Recuerden la principal razón alegada para exigir la muerte de Jesús: blasfemia. Jesús fue ejecutado por –dizque– haber presentado una imagen de Dios distorsionada, manipulada, falsa. Jesús fue condenado por la autoridad religiosa: en nombre de Dios, claro, pero del Dios de la religión oficial, el de los escribas y saduceos, el amarradito por los poderosos, que decíamos ayer.

En la condena de Jesús quisieron reprobar definitivamente su libertad para sentarse a las mesas de los pecadores, su apertura a los extranjeros, su preferencia por los pequeños, su crítica del templo, su oposición a tantas leyes inhumanas, su relación íntima con un Dios Padre de todos. En la condena de Jesús quisieron enterrar su tesoro, el Reino de Dios, la humanidad de hermanos y hermanas.

Su resurrección, por supuesto, significa todo lo contrario. Que Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos significa, entre otras cosas, ésta: que es a Jesús, y no a sus verdugos, a quien Dios ha dado la razón. La resurrección es el «sí» dado por Dios a Jesús. Es la expresión de la verdad de su mensaje. Jesús no era ningún blasfemo, sino todo lo contrario: su palabra, palabra de Dios; su acción, acción de Dios. La resurrección es la acreditación de que su palabra y su acción, su Reino de Dios, su tesoro, su proyecto de fraternidad, cuentan con el respaldo del mismísimo Dios.

Así es: el futuro de la fraternidad cuenta con el aval del mismísimo Dios. Por eso podemos y debemos decir que, en adelante, nada volverá a ser igual. El Reino de Dios se encuentra «ya» entre nosotros, quizás todavía pequeñito, pero con toda la fuerza de un grano de mostaza, creciendo y desarrollando pacientemente todo su potencial.

Es verdad que los calumniadores ganarán aún muchas batallas, pero acabarán por triunfar los veraces. Es verdad que los violentos cosecharán aún  muchos éxitos, pero acabarán por prevalecer los pacíficos. Es verdad que los vengadores se apuntarán aún muchos tantos, pero acabarán por despuntar los compasivos. Es verdad que el egoísmo aún nos hará pasar por muchas noches oscuras, pero acabará por brillar la fraternidad. Por una razón muy sencilla, pero muy profunda: porque cuenta con el compromiso del mismísimo Dios. Así lo sabemos y celebramos en esta hermosa noche pascual.

Dios y sólo Dios tiene la última palabra, y la suya es siempre palabra de verdad, de paz, de compasión, de fraternidad. Dios y sólo Dios tiene la última palabra.

Por eso mismo, cristianos, hermanos: felicidades. La victoria de Jesús es ya nuestra victoria. Él es desde ahora lo que todos estamos llamados a ser y –podemos decir en la esperanza– un día habremos ser: plenitud de vida, existencia en comunión con Dios Padre y con nuestros hermanos. Cristianos, hermanos, de todo corazón, felicidades.

(Pedro de Castro)

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Viernes santo: historia de un tesoro (II)

Viernes santo, historia de un tesoro (II)Ya lo decíamos a propósito de la celebración de la última cena: la muerte de Jesús no fue ni natural ni casual, sino el resultado de la voluntad de los poderosos. La muerte de Jesús no fue cualquier tipo de muerte, sino una ejecución… amañada, un asesinato.

Solemos referirnos a la pasión y muerte de Jesús en estos términos: prendimiento, flagelación, coronación de espinas, crucifixión. Y bien está, pero quizás sería mejor que habláramos de búsqueda, captura, interrogatorio, tortura, juicio trucado y ejecución… porque estos términos, por ser los habituales, podrían ayudarnos a percibir mejor los últimos sucesos de la vida de Jesús en toda su crudeza histórica.

A Jesús, en efecto, lo asesinaron. Y es que en una sociedad profundamente marcada por jerarquías, divisiones, exclusiones, pobrezas…, en una sociedad así el Reino de Dios anunciado y promovido por Jesús chocó de frente con los intereses de los poderosos. No sólo lo tenían todo, sino que querían, además, tener bien amarradito al mismísimo Dios con la intención de que siguiera bendiciendo sus privilegios. Es ese amarre el que Jesús les negó y por eso llegó a representar para ellos amenaza. Tenían que quitarlo de en medio. Y lo quitaron, asesinándolo.

A Jesús, en efecto, le quitaron la vida. Eso es verdad, pero no lo es menos que fue él quien la dio. Quiso ser fiel al Reino de Dios, que era –¿recuerdan– su tesoro. Jesús decidió ser fiel y asumió libremente las consecuencias que pudieran derivarse de esa opción. Por eso podemos y debemos decir que la cruz de Jesús fue todo un acto de libertad.

Un acto de libertad y también un acto de amor porque, como él mismo dijo en alguna ocasión, «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Y eso es lo que salva. No nos engañemos: no es el sufrimiento la fuente de la salvación. Sólo salva el amor, que –eso sí– en ocasiones, cada vez que es necesario, saber adquirir la forma de una cruz.

Un acto de libertad, un acto de amor y –permítanme añadir– la cruz de Jesús es también un acto de confianza en Dios. A veces damos en pensar que las célebres palabras «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» son expresión de una desesperación. No es cierto: cuando el evangelista pone esas palabras en boca de Jesús está evocando todo el contenido del salmo 22, que ciertamente comienza de ese modo, pero que también contiene expresiones como éstas:

«En ti, oh Dios, esperaron nuestros padres y tú los liberaste… en ti esperaron y nunca quedaron confundidos… Desde el vientre de mi madre tú eres mi Dios, no andes lejos de mí, que la angustia me cerca… Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré… porque… has escuchado al que te invocaba… Los pobres comerán y quedarán hartos, los que buscan a Yahveh le alabarán».

Eso dice el salmo 22. Es verdad que comienza de forma desgarrada y desgarradora («¿por qué me has abandonado?»), pero también lo es que, poco a poco, va abriéndose a la confianza en Dios. Creo que Jesús sabía, a pesar de todos los pesares –ciertamente muy graves–, que su vida quedaba donde siempre había estado: en manos de Dios. «A tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu». ¿Acaso no había dicho siempre que Dios es el Padre bueno que atiende con cariño a los pequeños y abandonados?

Hoy adoraremos con un beso la cruz de Jesús, que es tanto como decir su libertad, su amor, su confianza en Dios. Hacerlo con los labios es fácil. De corazón es más difícil, pero verdadero. Hagámoslo de todo corazón.

(Pedro de Castro)

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Jueves santo: historia de un tesoro (I)

Jueves santo, historia de un tesoro (I)«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». En la vida –lo sabemos por experiencia– hay momentos livianos, superficiales, monótonos…, momentos en los que nada nos sobresalta porque todo parece seguir su curso ordinario. Son la mayoría. Pero en la vida también suceden otros tiempos densos, profundos, extraordinarios; momentos en los que los acontecimientos se precipitan, todo parece agolparse y la vida adquiere un significado intenso y radical.

En aquella última cena compartida con sus amigos y discípulos, Jesús –¿qué duda cabe? – debió vivir uno de estos segundos momentos. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo –dice el evangelista Juan–  los amó hasta el extremo».

Es la noche del día 14 del primer mes del año, noche de Pascua y, al igual que todas las familias judías, Jesús se reúne con sus discípulos para hacer memoria agradecida de la liberación: recordar y celebrar que Dios condujo a su pueblo desde Egipto –tierra de la opresión– hasta Canaán –tierra de la libertad– . Noche de libertad, noche de gratitud. Noche de emoción para todos.

También lo es para Jesús, pero en su caso se añade una segunda razón y de tipo muy personal. Y es que sabe que ha llegado su hora. Sabe que los poderosos no han desistido de sus asechanzas, calumnias, persecuciones, amenazas… hasta el punto de que esta vez han puesto precio a su cabeza. Jesús sabe, como él mismo ha dicho en alguna ocasión, que «el Reino de Dios sufre violencia». Sabe que se acerca la hora del asesinato. Sabe que esa cena de Pascua es, para él, la última cena. Los acontecimientos se precipitan y la vida adquiere un significado intenso y radical: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Habiendo amado a los suyos…

Así es, creo yo, como deberíamos entender la última etapa –pasión y muerte– de la vida histórica de Jesús: como la culminación de su vida, de su trayectoria, de su opción fundamental, de su «tesoro». Y es que todos tenemos en la vida un tesoro: es eso que, cuando nos duele, no nos deja dormir o que, cuando nos alegra, nos despierta inundados de buen ánimo. Todos nos aferramos a algo que consideramos valioso por encima de todo lo demás. También Jesús tenía su tesoro, que él llamaba el Reino de Dios: una humanidad de hermanos y hermanas que tiene a Dios por Padre común. Ese era el tesoro de Jesús; «tesoro» porque valía, para él, mucho más que cualquier otra cosa, incluida su propia vida.

Por eso, cuando se acerca su hora, cuando las asechanzas de los poderosos –enemigos, como siempre, de la fraternidad– acaban por poner precio a su cabeza…, cuando se acerca su hora no es momento de achicarse o desdecirse, sino de crecerse y reafirmarse. «Las prostitutas les precederán en el Reino de los cielos». «El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado». «Bienvaventurados los pobres». No es momento para negar o traicionar, sino para encarar la amenaza con determinación y dignidad. No es momento para querer guardar la propia vida, sino para entregarla. Recuerden la parábola: hay que saber deshacerse de todo para poder adquirir el tesoro.

Hace falta mucho amor o mucho servicio –es lo mismo– para estar dispuesto a llegar hasta el final. Hace falta todo el amor a Dios y a la humanidad o toda la capacidad de servicio que sólo encontramos en Jesús. Desde el principio y hasta el final, su vida ha sido amor: pan y vino que se dan. Desde el principio y hasta el final, su vida ha sido servicio: lavatorio de los pies. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Así es el Jesús al que adoramos. Aceptarle como Señor es tanto como hacer nuestro su tesoro. Compartir su vino y pan o dejar que lave nuestros pies él es tanto como estar dispuestos a vivir la vida con su mismo amor o servicio. Ojalá que la celebración de la última cena nos confirme en ese compromiso con Jesús y con su tesoro: con su Dios Padre y con sus hermanos, con nuestro Dios Padre y con nuestros hermanos.

(Pedro de Castro)

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El “Pacto de las catacumbas”

El Pacto de las catacumbasUn grupo de obispos durante el Concilio Vaticano II, en 1965, reunidos en la catacumba de Santa Domitila, suscribieron el Pacto de las Catacumbas, con el liderazgo de Dom Hélder Câmara, en un intento valeroso de tratar de reflejar mejor la Iglesia de Jesús, comunidad de los creyentes.

El 16 de noviembre de 1965, pocos días antes de la clausura del Concilio, cerca de 40 padres conciliares celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila. Pidieron “ser fieles al espíritu de Jesús”, y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron “el pacto de las catacumbas”.

El “pacto” es una invitación a los “hermanos en el episcopado” a llevar una “vida de pobreza” y a ser una Iglesia “servidora y pobre” como lo quería Juan XXIII. Los firmantes –entre ellos muchos latinoamericanos y brasileños, a los que después se unieron otros– se comprometían a vivir en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral.

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue:

1. Procuraremos vivir según el modo ordinario de nuestra población en lo que toca a casa, comida, medios de locomoción, y a todo lo que de ahí se desprende. Mt 5,3; 6,33s; 8-20.

2. Renunciamos para siempre a la apariencia y la realidad de la riqueza, especialmente en el vestir (ricas vestimentas, colores llamativos) y en símbolos de metales preciosos (esos signos deben ser, ciertamente, evangélicos). Mc 6,9; Mt 10,9s; Hech 3,6. Ni oro ni plata.

3. No poseeremos bienes muebles ni inmuebles, ni tendremos cuentas en el banco, etc., a nombre propio; y, si es necesario poseer algo, pondremos todo a nombre de la diócesis, o de las obras sociales o caritativas. Mt 6,19-21; Lc 12,33s.

4. En cuanto sea posible confiaremos la gestión financiera y material de nuestra diócesis a una comisión de laicos competentes y conscientes de su papel apostólico, para ser menos administradores y más pastores y apóstoles. Mt 10,8; Hech 6,1-7.

5. Rechazamos que verbalmente o por escrito nos llamen con nombres y títulos que expresen grandeza y poder (Eminencia, Excelencia, Monseñor…). Preferimos que nos llamen con el nombre evangélico de Padre. Mt 20,25-28; 23,6-11; Jn 13,12-15.

6. En nuestro comportamiento y relaciones sociales evitaremos todo lo que pueda parecer concesión de privilegios, primacía o incluso preferencia a los ricos y a los poderosos (por ejemplo en banquetes ofrecidos o aceptados, en servicios religiosos). Lc 13,12-14; 1 Cor 9,14-19.

7. Igualmente evitaremos propiciar o adular la vanidad de quien quiera que sea, al recompensar o solicitar ayudas, o por cualquier otra razón. Invitaremos a nuestros fieles a que consideren sus dádivas como una participación normal en el culto, en el apostolado y en la acción social. Mt 6,2-4; Lc 15,9-13; 2 Cor 12,4.

8. Daremos todo lo que sea necesario de nuestro tiempo, reflexión, corazón, medios, etc. al servicio apostólico y pastoral de las personas y de los grupos trabajadores y económicamente débiles y subdesarrollados, sin que eso perjudique a otras personas y grupos de la diócesis.

Apoyaremos a los laicos, religiosos, diáconos o sacerdotes que el Señor llama a evangelizar a los pobres y trabajadores, compartiendo su vida y el trabajo. Lc 4,18s; Mc 6,4; Mt 11,4s; Hech 18,3s; 20,33-35; 1 Cor 4,12 y 9,1-27.

9. Conscientes de las exigencias de la justicia y de la caridad, y de sus mutuas relaciones, procuraremos transformar las obras de beneficencia en obras sociales basadas en la caridad y en la justicia, que tengan en cuenta a todos y a todas, como un humilde servicio a los organismos públicos competentes. Mt 25,31-46; Lc 13,12-14 y 33s.

10. Haremos todo lo posible para que los responsables de nuestro gobierno y de nuestros servicios públicos decidan y pongan en práctica las leyes, estructuras e instituciones sociales que son necesarias para la justicia, la igualdad y el desarrollo armónico y total de todo el hombre y de todos los hombres, y, así, para el advenimiento de un orden social, nuevo, digno de hijos de hombres y de hijos de Dios. Cfr. Hech 2,44s; 4,32-35; 5,4; 2 Cor 8 y 9; 1 Tim 5,16.

11. Porque la colegialidad de los obispos encuentra su más plena realización evangélica en el servicio en común a las mayorías en miseria física cultural y moral –dos tercios de la humanidad– nos comprometemos:

• a compartir, según nuestras posibilidades, en los proyectos urgentes de los episcopados de las naciones pobres;

• a pedir juntos, al nivel de organismos internacionales, dando siempre testimonio del evangelio, como lo hizo el papa Pablo VI en las Naciones Unidas, la adopción de estructuras económicas y culturales que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico, sino que permitan que las mayorías pobres salgan de su miseria.

12. Nos comprometemos a compartir nuestra vida, en caridad pastoral, con nuestros hermanos en Cristo, sacerdotes, religiosos y laicos, para que nuestro ministerio constituya un verdadero servicio. Así,

• nos esforzaremos para “revisar nuestra vida” con ellos;

• buscaremos colaboradores para poder ser más animadores según el Espíritu que jefes según el mundo;

• procuraremos hacernos lo más humanamente posible presentes, ser acogedores;

• nos mostraremos abiertos a todos, sea cual fuere su religión. Mc 8,34s; Hech 6,1-7; 1 Tim 3,8-10.

13. Cuando regresemos a nuestras diócesis daremos a conocer estas resoluciones a nuestros diocesanos, pidiéndoles que nos ayuden con su comprensión, su colaboración y sus oraciones.

Que Dios nos ayude a ser fieles.”

(Tomado de: Conferencia Episcopal de Chile)

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Juan XXIII: el discurso de la Luna

Juan XXIII. El discurso de la Luna 2El 11 de octubre de 1962, con el ingreso solemne de los padres conciliares en la basílica de San Pedro, se inauguró el concilio Vaticano II. Aquella noche, más de cien mil personas se congregaron en la plaza San Pedro llevando antorchas. Monseñor Capovilla invitó al Papa a mirar a través de las cortinas. El Papa se asomó y quedó sobrecogido. «Abre la ventana, daré la bendición, pero no hablaré», dijo a su secretario.

Los reflectores de la plaza estaban apagados porque no se preveía ninguna celebración, pero el gran murmullo y las luces de las velas y de las antorchas que se levantaron al aparecer el Papa indicaban la presencia de una gran multitud. Entonces Juan XXIII, bajo una esplendida luna de octubre, improvisó aquel famoso discurso que completó aquel día memorable. Dijo:

Juan XXIII. El discurso de la Luna“Queridos hijitos, queridos hijitos, escucho vuestras voces. La mía es una sola voz, pero resume la voz del mundo entero. Aquí, de hecho, está representado todo el mundo.

Se diría que incluso la luna se ha apresurado esta noche, observadla en lo alto, para mirar este espectáculo. Es que hoy clausuramos una gran jornada de paz; sí, de paz: «Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad».

Es necesario repetir con frecuencia este deseo. Sobre todo cuando podemos notar que verdaderamente el rayo y la dulzura del Señor nos unen y nos toman, decimos: He aquí un saboreo previo de lo que debiera ser la vida de siempre, la de todos los siglos, y la vida que nos espera para la eternidad.

Si preguntase, si pudiera pedir ahora a cada uno: ¿de dónde venís vosotros? Los hijos de Roma, que están aquí especialmente representados, responderían: «¡Ah! Nosotros somos vuestros hijos más cercanos; vos sois nuestro obispo, el obispo de Roma».

Y bien, hijos míos de Roma; vosotros sabéis que representáis verdaderamente la Roma «caput mundi», así como está llamada a ser por designio de la Providencia: para la difusión de la verdad y de la paz cristiana. En estas palabras está la respuesta a vuestro homenaje.

Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor. Pero todo junto, paternidad y fraternidad, es gracia de Dios. ¡Todo, todo!

Continuemos, por tanto, queriéndonos bien, queriéndonos bien así: y, en el encuentro, prosigamos tomando aquello que nos une, dejando aparte, si lo hay, lo que pudiera ponernos en dificultad.

«Fratres sumus!». La luz brilla sobre nosotros, que está en nuestros corazones y en nuestras conciencias, es luz de Cristo, que quiere dominar verdaderamente con su gracia, todas las almas.

Esta mañana hemos gozado de una visión que ni siquiera la Basílica de San Pedro, en sus cuatro siglos de historia, había contemplado nunca.

Pertenecemos, pues, a una época en la que somos sensibles a las voces de lo alto; y por tanto deseamos ser fieles y permanecer en la dirección que Cristo bendito nos ha dejado. Ahora os doy la bendición. Junto a mí deseo invitar a la Virgen santa, Inmaculada, de la que celebramos hoy la excelsa prerrogativa.

He escuchado que alguno de vosotros ha recordado Éfeso y las antorchas encendidas alrededor de la basílica de aquella ciudad, con ocasión del tercer Concilio ecuménico, en el 431. Yo he visto, hace algunos años, con mis ojos, las memorias de aquella ciudad, que recuerdan la proclamación del dogma de la divina maternidad de María.

Pues bien, invocándola, elevando todos juntos las miradas hacia Jesús, su hijo, recordando cuanto hay en vosotros y en vuestras familias, de gozo, de paz y también, un poco, de tribulación y de tristeza, acoged con buen ánimo esta bendición del padre. En este momento, el espectáculo que se me ofrece es tal que quedará mucho tiempo en mi ánimo, como permanecerá en el vuestro. Honremos la impresión de una hora tan preciosa. Sean siempre nuestros sentimientos como ahora los expresamos ante el cielo y en presencia de la tierra: fe, esperanza, caridad, amor de Dios, amor de los hermanos; y después, todos juntos, sostenidos por la paz del Señor, ¡adelante en las obras de bien!

Regresando a casa, encontraréis a los niños; hacedles una caricia y decidles: ésta es la caricia del papa. Tal vez encontréis alguna lágrima que enjugar. Tened una palabra de aliento para quien sufre. Sepan los afligidos que el papa está con sus hijos, especialmente en la hora de la tristeza y de la amargura. En fin, recordemos todos, especialmente, el vínculo de la caridad y, cantando, o suspirando, o llorando, pero siempre llenos de confianza en Cristo que nos ayuda y nos escucha, procedamos serenos y confiados por nuestro camino.

A la bendición añado el deseo de una buena noche, recomendándoos que no os detengáis en un arranque sólo de buenos propósitos. Hoy, bien puede decirse, iniciamos un año, que será portador de gracias insignes; el Concilio ha comenzado y no sabemos cuándo terminará. Si no hubiese de concluirse antes de Navidad ya que, tal vez, no consigamos, para aquella fecha, decir todo, tratar los diversos temas, será necesario otro encuentro. Pues bien, el encontrarse «cor et anima una» debe siempre alegrar nuestras almas, nuestras familias, Roma y el mundo entero. Y, por tanto, bienvenidos estos días: los esperamos con gran alegría”.

(Tomado de Religión Digital, 12 de Octubre de 2012)

Puede verse una filmación parcial en:

http://www.youtube.com/watch?v=YHpZyYEVjYs&list=UUbgUr4Y3Kn1fBB7cNprxJMA&index=18

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La prensa y la pederastia: “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”

La prensa y la pedofiliaQuerido hermano y hermana periodista:

Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola como misionero.

Me da un gran dolor por el profundo mal que personas que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto todas las medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la dignidad de los niños será siempre una prioridad absoluta.

Veo en muchos medios de información, sobre todo en vuestro periódico, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… Ciertamente ¡todo condenable! Se ven algunas presentaciones periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas de preconceptos y hasta odio.

¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo! Pienso que a vuestro medio de información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas; que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en México mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños…

No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU. No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina, que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan casas de pasaje para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violentados y buscan un refugio. Tampoco que Fray Maiato, con sus 80 años, pase casa por casa confortando a los enfermos y desesperados.

No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a seropositivos… o, sobre todo, en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.

No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un accidente en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región… Ninguno pasa los 40 años.

No es noticia acompañar la vida de un sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve.

La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

No pretendo hacer una apología de la Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir a sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también belleza y bondad como en cada criatura…

Insistir en forma obsesionada y persecutoria en un tema perdiendo la visión de conjunto crea verdaderamente caricaturas ofensivas del sacerdocio católico en las cuales me siento ofendido. Sólo le pido amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza. Eso lo hará noble en su profesión.

En Cristo, P. Martín Lasarte sdb, 17 de mayo de 2010. (Tomado de “La gente”)

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Dios y su creación: la fe y la física. Breve intercambio epistolar

Dios y su creaciónEstimados amigos:

Lean este artículo de Boff. Reflexionen acerca de cuanto plantea. Con todo y su sabor panteísta, me luce interesante. No hay que temer a la especulación, incluso a la panteísta: si existe Dios de alguna manera debe dejar vestigios o huellas de su acción en el cosmos físico. Sea mediante oleadas de información (como defiende el teólogo anglicano y físico, especialista en teoría cuántica, John Polkinghorne), sea mediante la creación y presentación de opciones que el ser debe explorar o de un registro de historias posibles y capaces de encarnar; sea como sea, Dios no debe ser tan “excesivamente” trascendente como para estar totalmente ausente del mundo físico, aunque sí de la física.

Bueno, aquí tienen el artículo. Atentamente, Andrés Molina

http://www.redescristianas.net/2013/02/05/particula-dios-o-particula-de-diosleonardo-boff-teologo-y-filosofo/

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Hola, Andrés:

Gracias por el artículo y por tu comentario al mismo. Acabo de leer ambos con interés. Hago dos comentarios.

No me parece a mí que el texto de Boff adolezca de panteísmo, es decir, que sostenga que todo el universo o mundo físico es Dios. Tal sería el caso –o algo semejante– si defendiera que la partícula de Higgs es Dios, pero expresamente se distancia de esa afirmación. Lo que sostiene es que la partícula de Higgs puede ser pensada como la partícula de Dios en el sentido de que es el medio por el cual Dios traería las partículas materiales a la existencia.

Estoy de acuerdo en que el Creador ha dejado huellas o vestigios de su acción en la creación. ¿No era Galileo el que hablaba del libro de la Creación? Benedicto XVI –creo recordar– lo citó positivamente en «Verbum Domini». Además, en el curso sobre «Fe cristiana y sociedad actual» veremos enseguida la vieja doctrina de las semillas del Verbo Creador presentes en la creación, aunque referida sólo a las culturas y las religiones. Estoy de acuerdo, pues, en lo de las huellas o vestigios. Y también en que el Creador no está ausente del mundo físico: la fe bíblica en el Dios providente consiste en afirmar que la actividad creadora no pertenece sólo al pasado, sino que Dios crea también sosteniendo todo en la existencia. Ahora bien, ninguna de esas dos cosas resta nada a su trascendencia más trascendente, es decir, al hecho de que Dios no pertenece en absoluto al mundo físico.

Un saludo para ti y para los demás destinatarios. Cordialmente, Francisco Javier Martínez

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Hola, Javier:  

Gracias por tus comentarios. Lo del «sabor panteísta» del artículo de Leonardo Boff fue una especie de recurso (¿fraudulento?, no sé, pero sí a costa de Boff) para evitar que, por el hecho de haberme gustado el artículo, pueda achacárseme una visión demasiado inmanentista de Dios. Fíjate cómo dije rápidamente y, como si quisiera corregirme, que no hay por qué tener miedo a especular incluso panteísticamente. Como físico, lucho contra cualquier asomo de proclividad a decir ante un nuevo descubrimiento científico: “He aquí una prueba de la existencia de Dios”. ¡Como si Dios fuera una fuerza o un objeto más  del cosmos!

Hay entre nosotros, los físicos creyentes, una velada o manifiesta tendencia a mezclar a Dios con los fenómenos de la naturaleza; a asociar con demasiada facilidad un hecho enigmático (como podría ser la reducción o colapso de la función de ondas, en mecánica cuántica; o el Big Bang, en cosmología) con una acción divina. Me llega a la memoria la entusiasta adhesión de Pío XII a las primeras ideas sobre el Big Bang: la cosmología estaría descubriendo el instante de la creación. Ante aquel entusiasmo, el cosmólogo y sacerdote Georges Lemaître, defensor de la expansión del Universo, actuó con mesura y prudencia, negándose a dar una interpretación teológica de su trabajo científico. Dios está por delante y por encima de cualquier hecho de la física. No cabe allí… y, sin embargo, no debemos detenernos aquí, proclamando unilateralmente una trascendencia que podría conducir al más puro deísmo. Hay que tirar del otro extremo: Dios también está aquí. El Cosmos es transparente a la acción de Dios, como el cristal frente a la luz. Es lo que tú llamas siempre la densidad teologal de lo real: la realidad como sacramento, como rumor de Dios. Si se me conminase a tomar una postura alrededor de todo esto, me acercaría a la idea del panenteísmo de Krause.

Acabo ya. Ah, tengo el artículo de que te hable, el de la visión del tiempo interrumpido. Si no te veo hoy, te lo entrego el lunes próximo. Atentamente, Andrés Molina

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Mensaje del Concilio Vaticano II a los trabajadores

Mensaje del Concilio Vaticano II a los trabajadoresA lo largo del Concilio, nosotros, los Obispos católicos de los cinco continentes, hemos reflexionado conjuntamente, entre muchos temas, sobre las graves cuestiones que plantean a la conciencia de la humanidad las condiciones económicas y sociales del mundo contemporáneo, la coexistencia de las naciones, el problema de los armamentos, de la guerra y de la paz. Y somos plenamente conscientes de las repercusiones que la solución dada a estos problemas puede tener sobre la vida concreta de los trabajadores y de las trabajadoras del mundo entero. También deseamos, al término de nuestras deliberaciones, dirigirles a todos ellos un mensaje de confianza, de paz y de amistad.

Hijos muy queridos: estad seguros, desde luego, de que la Iglesia conoce vuestros sufrimientos, vuestras luchas, vuestras esperanzas; de que aprecia altamente las virtudes que ennoblecen vuestras almas: el valor, la dedicación, la conciencia profesional, el amor de la justicia; de que reconoce plenamente los inmensos servicios que cada uno en su puesto, y en los puestos frecuentemente más oscuros y menos apreciados, hacéis al conjunto de la sociedad. La Iglesia se siente muy contenta por ello, y por nuestra voz os lo agradece.

En estos últimos años, la Iglesia no ha dejado de tener presentes en su espíritu los problemas, de complejidad creciente sin cesar, del mundo y del trabajo. Y el eco que han encontrado en vuestras filas las recientes encíclicas pontificias ha demostrado cómo el alma del trabajador de nuestro tiempo marcha de acuerdo con la de sus más altos jefes espirituales.

El que enriqueció el patrimonio de la Iglesia con sus mensajes incomparables, el papa Juan XXIII, supo encontrar el camino hacia vuestro corazón. Mostró claramente en su persona todo el amor de la Iglesia por los trabajadores, así como por la verdad, la justicia, la libertad, la caridad, sobre las que se funda la paz en el mundo.

De este amor de la Iglesia hacia vosotros los trabajadores, queremos también, por nuestra parte, ser testigos cerca de vosotros y os decimos con toda la convicción de nuestras almas: la Iglesia es amiga vuestra. Tened confianza en ella. Tristes equívocos en el pasado mantuvieron durante largo tiempo la desconfianza y la incomprensión entre nosotros; Iglesia y la clase obrera han sufrido una y otra con ella. Hoy ha sonado la hora de la reconciliación, y la Iglesia del Concilio os invita a celebrarla sin reservas mentales.

La Iglesia busca siempre el modo de comprenderos mejor. Pero vosotros debéis tratar de comprender, a vuestra vez, lo que es la Iglesia para vosotros los trabajadores, que sois los principales artífices de las prodigiosas transformaciones que el mundo conoce hoy, pues bien sabéis que, si no les anima un potente soplo espiritual, harán la desgracia de la humanidad en lugar de hacer su felicidad. No es el odio lo que salva al mundo, no es sólo el pan de la tierra lo que puede saciar el hambre del hombre.

Así, pues, recibid el mensaje de la Iglesia. Recibid la fe que os ofrece para iluminar vuestro camino; es la fe del sucesor de Pedro y de los dos mil Obispos reunidos en Concilio, es la fe de todo el pueblo cristiano. Que ella os ilumine. Que ella os guíe. Que ella os haga conocer a Jesucristo, vuestro compañero de trabajo, el Señor, el Salvador de toda la humanidad.

8 de diciembre de 1965

Publicado en MENSAJES DEL CONCILIO VATICANO II